La bici tiene vida propia, lo juro. Esta mañana al
salir, había trazado mi cotidiana ruta, el sol llevaba ya media hora merodeando
los tejados que prontamente arderían y la luz empezaba a ser intensa. No uso
gafas de sol con la excusa de poder ver y sentir el paisaje, asunto que me
resulta bastante entretenido. Llevaba un kilómetro hacia el sur cuando ella
viró 180° en busca de la calle principal. Yo me dejé llevar porque recordé que
podría visitar el mercado campesino, pero ella volvió a girar otros 30° para
llevarme a una calle, a una puerta y detenerse. Mi corazón palpitó fuerte, le
grité que siguiera, que no se detuviera, pero allí estábamos: ella, la puerta y
yo. Rayos de luz se filtraban por entre los árboles, empecé a sudar más y toda
una tormenta se me vino encima. Nadie escuchó mis gritos. Tomé la dirección con
fuerza y pedaleé sin mirar atrás, entonces la calle silenciosa dejó que retomara
el rumbo.

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